Category Archives: Crónicas

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En Los Monos la vida es distinta

UNO
Es de noche, el día de rodaje fue largo e intenso. Hay muy poca luz en Los Monos, solo se ven dos breves luces en la distancia e irme a bañar en el tanque detrás de la maloca no parece una opción atractiva. Y entonces aparece la lluvia.

Justo al frente de la cabaña que nos prestó Diogenes me baño en ella, es lluvia amazónica, algo debe significar, algo distinto debe de tener. Yo simplemente dejo que el agua caiga durante una hora y me voy a dormir totalmente renovado.

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DOS
Como puedo me monto en el peque peque, una pequeña canoa de madera cuyo motor es una guadaña (los indígenas también hackean para sobrevivir pensé la primera vez que vi una), vamos Diógenes, su sobrina Dora y yo. El motor se enciende -el sonido peque-peque-peque-peque que hacen la aspas en el agua hace que el nombre tenga lógica- y nos adentramos al Río Caquetá.

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Digna rabia

Las veces que me han robado

(Afortunadamente) no nos quedó la anécdota de impacto, esa anécdota amarillista en la que uno cuenta con voz temblorosa – quien quiera oir y a quien no –  que dos o tres Pedros Navaja (matón de esquina) le pusieron una pistola en la cabeza o un cuchillo en la garganta.

No, la historia es más sencilla. Estábamos almorzando en el 2do piso de una casa después de una mañana de intenso rodaje de la segunda temporada de El Laboratorio de Uni5 TV en locaciones en Salgar y Puerto Colombia y mientras tanto los amigos de lo ajeno (bonita analogía), hacían de las suyas rompiendo el seguro de la ventana de la camioneta van en la que nos desplazábamos y se llevaba un par de maletines con monitores, micrófonos inalámbricos, lentes fotográficos, celulares, filtros, cables, hasta un chaleco de producción de Uni5 TV se llevaron (¿que pueden hacer con eso? ¿una linda falda?).

Después lo de siempre, llamar a la policía, patrullas de motorizados que vienen, hacen el amague que dan una vuelta por el pueblo “a ver si ven algún movimiento”, poner el denuncio en una inspección de pueblo, en la que un inspector (de pueblo como no), barriga prominente, bigote veloz y mucha, mucha parsimonia procedía a tomar los datos correspondientes del “suceso” para dejar constancia del mismo y poder hacer todas las vueltas que correspondan para el seguro de los equipos del canal (que lo que son mis lentes y demás equipos personales si que el cielo los guarde y de para ellos luz perpetua).

Nada que hacer, se sigue pa´delante, llorar sobre la leche derramada es de esa actitudes que nunca me doy la oportunidad de tomar y aunque  a veces dan ganas porque creo que seguro serían un respiro para el alma, de sólo imaginarme en el plan de víctima, del “pobrecito yo y mi mala suerte”, se me quitan.

Ahora son las 4 am, me acabo de levantar después de dormir casi 8 horas de seguido, raro muy raro en mi, de recuperar energías del cansancio de rodaje, del stress de las diligencias después del robo y en medio del desvelo que veo venir me quedo en mi cama pensando, como por no dejar, recordando… las veces que me han robado.

La primera vez que me robaron tenía 17 años, estaba en primer semestre de carrera y estaba haciendo unas prácticas vacacionales en el Noticiero Televista de Telecaribe. Era día de paro de transportes, salí a la 1 de la tarde del canal con la seria (e ilusa) intención de tomar un bus en la cra 54 con 75, craso error, no había un alma en la calle, faltaba el cardo pasando cual película del lejano oeste. Pasó un carro con varios tipos que se quedaron mirando lentamente hacia mi, mientras yo, ensimismado, miraba el celular, estreno reciente, un Nokia 2110 engallado (el mal gusto brillando sin ausencia) con una magnifica carcasa color amarillo pollito. El carro siguió de largo, eso creía yo al menos, y a pocos minutos se acercó un tipo, joven, como de mi edad, y me preguntó si pasaban buses, le respondí sin mirarlo que nada, que llevaba como 15 minutos esperando y nada que pasaba ninguno. La siguiente imagen que viene a mi es el mismo tipo, nervioso, poniéndome una pistola en la cabeza, y diciéndome tembloroso que pilas, que le diera el teléfono. No sé si estaba más asustado el o yo. El tipo se le notaba la inexperiencia en esas lides y eso es peligroso, a mi también se me notaba la inexperiencia como atracado por lo que fácil, fácil me han podido pegar un tiro de gratis y para pagar en cuotas. Al final entregué el aparato, el tipo corrió y a se montó en el carro que había pasado antes frente a mi que estaba estratégicamente parqueada y a la espera a al vuelta del paradero de bus. Ladrones 1 Alejandro 0.

La segunda vez que me robaron fue un par de años más tarde. Iba caminando por la 43 con 92, típico domingo currambero sin un alma en la calle, iba hacia donde amigas a pasar la tarde echando cuentos, mi pinta: bermuda playera, sandalias, camiseta, cartera en el bolsillo, celular en la mano. Ya cargaba un Nokia 5120, el de la culebrita, el de moda en esos días. Cuando pasé la 43 vi un tipo sentado muy casual en una acera. Después del primer robo ya uno queda curado en salud y evita, se vuelve un poco paranoico y empieza a ver ladrones donde no los hay, monjas, un Boy Scout o un bombero pueden parecer fieros atracadores después que dejamos que la paranoia entre a nuestras cabezas. En fin, que me cambié de acera y seguí caminando, en eso, paso ágil y veloz el tipo se levanto de la acera, desenfundó revolver y en 3 pasos estuvo frente a mi, tan rápido que no alcancé a hacer ningún movimiento. Mierda. cero y van dos veces que me ponen un revolver en la cabeza. Peor, cada vez es distinta, esta vez no sé por qué carajos, adrenalina, el hecho de que el celular fuera nuevo, estupidez, no sé bien, pero empecé a forcejear con el tipo, le pedí que por favor no se llevará el celular que no era mío (si, claro, como si a ellos eso les importara). Total que ahí estaba yo con un tipo aceleradisimo, con un revolver en la mano, un revolver que apuntaba hacia mi que no es lo mismo y mi cabeza que no paraba, no sé porqué el tipo no me disparó, no sé si la situación estaba tan grave que ni para balas tenía, no sé si la pistola era de verdad o un simple poema visual, no sé si el tipo no era tan pendejo de meterse en tremendo lío por un celular cuya mayor virtud era un juego de culebritas, total que en un descuido alcancé a empujarlo, le pegue un golpe en el pecho, el retrocedió, se volteo, me pegó con la cacha del revolver en el brazo (el morado duró 10 días en irse) y se fue corriendo. Después me senté en la acera y quedé sudando frío como 10 minutos. Podría no estar echando el cuento ahora. De ahí al CAI más cercano a avisar y listo. Ladrones 1 Alejandro 0 (acá hubo empate técnico).

Pasaron varios años, algún intento de atraco hubo pero nunca pasó nada hasta que en el 2004, del otro lado del charco, en Madrid, volví a caer. Esta vez si fue crónica de un robo anunciado y es, sin dudarlo, total culpa mía. Salí de fiesta, de marcha madrileña con el combo de amigos de la maestría. Cerveza que va y que viene, roncito cola que sube y que baja, ay, que sube y que baja, en fin, noche de festejo y desorden. A las 5 am, con unos tragos de más y de menos, no en tres quince sino en seis treinta me fui hacia el metro, entré a la estación de Atocha a esperar el tren que me llevaría a casa. El tren a esa hora demora lo suyo en pasar así que me acomodé en una de las bancas a esperar. Paso un minuto, pasaron dos, al tercer minuto se cerraron mis ojos. Pasaron varios minutos más, ni idea cuantos, cuando abrí los ojos había dos policias a mi lado. Me preguntaron que hacia donde iba, les dije mi parada y me dijeron que ese tren era en la vía del frente. Crucé las escaleras bajo la mirada escrutadora de estos policías (¿envidia por mi “alegría”?) cuando llegué del otro lado metí mi mano al bolsillo para ver la hora en el celular y, sorpresa, no había celular y había un hueco enorme en mi pantalón,  miré el bolsillo de la cartera, ahí estaba mi cartera, con pocos euros pero ahí estaba, en ese bolsillo había un inicio de corte que fue interrumpido. Me acerqué corriendo a los policías y me miraron sonriendo (La venganza es un plato que se sirve frío, habrán pensado). “Eso son los marroquíes y los rumanos, van dando vueltas por todas las paradas de metro a estas hora para ver a que borracho le sacan sus cosas cortando sus bolsillos con una navaja. Dé gracias que no se despertó, en esos casos optan por clavar la navaja en la pierna del borracho y correr” Ay mamá. Gracias San Miguel (la cerveza), gracias Mahou, Gracias Ron Bacardi… Ladrones 2 Alejandro 0.

Y el último, antes del de hoy, fue hace poco, creo que alguno supo, fue en mi anterior apartamento, como dije en ese momento “pasé todo el día por fuera de mi apartamento, al mediodía fui a almorzar pero no me acerqué por la zona de la biblioteca, llegué en la noche y quise ver un programa en la TV y mi LCD no estaba, tampoco estaba mi guitarra -si, esa que nunca he tocado, la que está sin cuerdas- aparte de esos dos elementos no faltaba nada más. Se metieron los ladrones, peor se metieron en plena madrugada y se llevaron lo que había en la sala, la zona más cercana de las ventanas por donde, creo, entraron los cacos (los hijuecacos mejor dicho).¿El TV? se comprará otro, ¿la guitarra?, bahhh ya tendré otra excusa para no aprender a tocarla, pero y el miedo, el miedo en los huesos, la paranoia, quien me la quita, ya tengo un bate cerca, ya puse una navaja al lado de la cama, es igual, ellos, los hijuecacos, siempre juegan con la ventaja de la sorpresa.” Ladrones 3 Alejandro 0.

Este robo también tiene versión audiovisual, como no…

Con el robo de hoy el resultado es ladrones 4 Alejandro 0, hasta ahora van ganando, van goleando. Afortunadamente siempre lo he tomado con la filosofía de que al menos no ha pasado nada más grave, no ha habido desgracias que lamentar más allá de pequeñas (o grandes) perdidas materiales, en un estado ideal este contentillo no debiera existir. En un estado ideal nunca deberíamos ser paranoicos ni vivir con el miedo en los huesos. Pero es el que hay.

Al menos las ideas, las ganas, la pasión por hacer cosas no las cargo en el maletín, así que vengan, vengan a robarmelas a ver si pueden hijuecacos…

 Como siempre, escribir es un buen catalizador.

Y a ti, ¿te han atracado? ¿se te han metido a la casa? ¿cómo has reaccionado en esos momentos?

Si no conoce el perro no le pise la cola, Barranquilla, Bus

Vicios…

Cada mañana lo veo sentado en la tienda de abajo de mi edificio, cada mañana entro, corriendo para variar, a comprar mi desayuno de taxi y lo veo. Son las 7.30 am y ya hay a su lado una botella de ron blanco vacía y otra a medio terminar, o medio comenzar, según el grado de optimismo de quien esto lea. Su barba larga, sus ojos perdidos, su mirada enredada, sus pelos al viento, su todo habla del estado del que ya el vicio no le hace ni le deja hacer. Siempre lo veo de reojo, con respeto, sin meterme a su rancho, respetando su vicio. Hoy no me aguanté.

- ¿Y tú porqué bebes tanto? - Le dije con altanería y soberbia.

Y el sin inmutarse, se sonrío, me miró de arriba abajo, ahí tan ancho, con mi pinta de jefe que no quiere serlo, con mi camisa seria y mi mochila terciada, con mis zapatos brillantes y mis jeans un tanto desteñido, con mis lentes de nerd y mis pulseras de hippie, con mi todo, simplemente me miró y me dijo.

- ¿Y tú porqué trabajas tanto?- y me quitó la mirada.

Tal cual, cada quien tiene el vicio que quiere tener, el de él el alcohol, el mío, no sé a que horas, el trabajo. Así vamos.

 

sofá en la calle, urbano, Barranquilla

Jungla urbana

Tiene como 45 años, unas pocas canas y cuerpo débil. Va moviendo lentamente, empuja y puja, empuja y puja, un paso a la vez. Es una lavadora, de esas viejas pero efectivas, la que lleva en la carretilla,  se ve que pesa más que un matrimonio a la fuerza y que ha tenido mejores épocas. El letrero, enorme, “se alquilan lavadoras  a domicilio” no hace sino sacarme una gran risa, se me viene a la cabeza eso de que la ropa sucia se lava siempre en casa.

Vengo subiendo del centro al norte de la ciudad en un taxi, paso por barrios desconocidos y calles extrañas. La mirada desde la seguridad del asiento trasero y el aire acondicionado siempre ayudan. No es tarde, aunque ya va cayendo el sol. Es viernes para más señas, día de frías van frías vienen, día de polvos anónimos, de risas fingidas y de quitada de mascaras.

En una esquina las veo, una tiene como 19 y la otra como 25  años, saben lo que tienen para ofrecer, sonríen como estúpidas y parece que no saben hacer más nada. Un tipo con pinta de Pedro Navajas (matón de esquina) las presenta a otros tipos con pinta de Juanito Alimaña (con mucha maña), sonrisas y tetas se mueven al unísono, esa noche habrá salsa, salsa, salsa…

El taxista intenta buscar conversación, siempre suelo hablar con los taxistas, tienen muy buenas historias y no cobran por contarlas, pero hoy no me provoca, vengo ensimismado haciendo varios planes y quiero que la mente esté en lo que debe estar.

En eso un grito de lado a lado me saca de mis pensamientos:

-    Margarita, ¿fuiste el domingo a misa? – Le dice una señora, 50 años bien puestos, camioneta modelo 2010 y cara de pocos amigos a otra señora en el carro a mi lado.

-    No, no pude ir, me enredé y al final no fui. Igual no me provocó mucho, el padre miguel se está volviendo como loco, no hace sino rezar y rezar. – Le responde la otra.

Quedo en un sanduche de gritos y religión, de charlas que no me interesan…

El trayecto es largo y yo ahí mirando, observando, ya saqué una hoja y empecé  a anotar, como siempre, ya no dejo nada al azar ni confío en mi cabeza, escribo todo, TODO.

En la puerta hay un niño, un pelao, mejor, tendrá como 13 o 14 años, grita, se supone que canta, algún tipo de música de la cual no logro interpretar el ritmo en la distancia, miro el contexto, una zapatería de esas pobres, pobrecitas, a las  que se le ve que no hubo mejores épocas pero que está extrañamente adornada con un enorme letrero lumínico, como de bar de putas, que dice “OPEN”.

Nos acercamos al norte, la tarde cae y el sol se esconde, yo tengo algunas ideas más claras y otras que nada tienen que ver anotadas en un pedazo de papel, son estas líneas claro está.

Por la 46 con alguna carrera que ahora no recuerdo, cuatro mariachis ajustan sus instrumentos, recuerden, es viernes por la tarde, noche de serenatas y llantos de amor, de cantos y dedicatorias, hay chavela, chavela, chavela…

Siempre he sido hiperactivo y acelerado y eso, quieras o no, te impide muchas veces observar el paisaje. Últimamente camino, me desplazo, observo, recorro y pienso, lento, muy lento por las jungla urbana de Curramba, ando en otro viaje, mejor dicho en otros viajes.

 

Navidad, navidad, feliz –y rara- navidad… (Ahora desde este lado del charco)

Me lo he dicho mil y una vez, me lo ha dicho mi mamá, mi abuela, mi abuelo, mi bisabuela y hasta Josie, el perro de la casa. Esta es una navidad rara.

Es una navidad rara por muchas cosas, pero ojo, rara no significa que sea mala, rara quiere decir curiosa, llamativa, distinta, innovadora, feliz…

Es, sin ninguna duda, una navidad feliz, feliz por poder –después de 5 años fuera del país- pasarla nuevamente con la familia y los amigos, por poder rescatar mis tradiciones, por poder jugarla de local, por tantas cosas que no se pueden describir en letras de molde…

Aun así no dejo de sentirme raro, raro en mi casa donde no vivía desde hace mucho tiempo, raro con los amigos que ya están en su propio cuento, raro con las calles que -afortunadamente- ya no son las calles que yo conocía, raro por estar de nuevo en La Samaria, una samaria que aunque ya no está a 12 mil Km. de distancia, sigue estando a 100 Km. de distancia geográfica pero muchos, muchos más de distancia mental.

Es tan rara esta navidad en Santa Marta para mí que hasta llueve un 22 de diciembre.

Las últimas 5 navidades por fuera del país eran fechas de poca tolerancia para los recuerdos, una época en la que estos estaban siempre a flor de piel; hoy después de casi un año de vuelta a Colombia por fin podré pasar algo de tiempo de corrido en Santa Marta y de paso celebrar las fiestas navideñas.

Durante todo este año de vuelta a Colombia y trabajando en Barranquilla, son pocas las ocasiones que he venido a Santa Marta por más de 2 o 3 días, esto no ha permitido que pueda recorrer y reapropiarme de todos sus espacios como he querido.

Hace unos días salí de vacaciones y estoy nuevamente en Santa Marta, ahora sí con calma, con pausa, sin afanes, recorriendo sus espacios, sus lugares y sus no lugares, su espacio cotidiano, su día a día y las percepciones son muy variadas.

No deja de asombrarme encontrar las nuevas y excelentes obras del centro histórico, la multitud de decoraciones navideñas, las nuevas zonas de diversión, un ambiente cultural cada vez más potenciado y el espíritu turístico cada vez más internacional que se respira en la ciudad en general. Hasta encontrarme un espacio vacío donde antes había un enorme puente es motivo de extrañeza para mi.

Cosas buenas, cosas malas, cosas iguales, cosas cambiadas, evolución natural del espacio, una evolución importante y necesaria para la ciudad.

Tantos cambios para el bien de la ciudad que me han permitido ver mi ciudad soñada como una ciudad real.

Hace un año la lógica no me hubiera dicho que hoy estaría compartiendo con mi familia.

Por eso dicen que cuanto más estudias la lógica más valoras la casualidad.

Ya prendí velitas el 7 de diciembre, ya canté las cuatro fiestas, ya me comí un par de pasteles de carne y cerdo, planifiqué la cena del 24 y del 31, compré unas cuantas cervezas y hasta tengo listas las pintas para estrenar. Mejor dicho, estoy viviendo diciembre al pleno.

Hay nostalgia, es inevitable, seguro este año recordaré a la inversa y pensaré en esas extrañas y melancólicas navidades en Barcelona, en mi gente, en tantas cosas, pero todo lo bueno que me ofrece la samaria lo disfrutaré hasta el cansancio.

Definitivamente, no es cierto que haya una única realidad sino que hay varias realidades que mutan de una a otra dependiendo de quien la observa. Este diciembre tengo varias realidades, cual de todas más bacana, cual de todas más feliz…

Acabaré 2009 contento de pasar una nueva navidad en La Samaria. Iniciaré 2010 sabiendo que, como cierto presidente, por acá estoy y por acá me quedo.

A todos los lectores de este humilde blog que leen mis historias, antes desde el otro lado del charco, ahora de este lado, les deseo una Feliz Navidad y un 2010 lleno de felicidad y alegría.

Un día cualquiera…

Luces, cámara, acción, vuelve la burra al trigo… un nuevo día acaba de comenzar.

Es una de esas mañanas cualquieras, en una calle cualquiera, en Barranquilla, Colombia, Suramérica, la tierra, el sistema solar.

Pasa el del periódico y grita El Heraldo, El Heraldo, mientras chifla de una manera particular, el abanico no para de moverse mientras por la ventana entra la famosa brisa decembrina y en la radio se oye aquí suenaaaaa… En la cocina suena una licuadora, en la sala se cae una foto que dice “all you need is…” que adorna la pared como una especie de homenaje a 12 mil km y en el último cuarto, algo, alguien, ronca, profundo mientras sueña, decide, sopesa, si se queda con la rubia o con la morena.

En el 3er piso se oye un grito, la puerta no deja ver si es resultado de un polvo mañanero o de una tristeza cotidiana. El portero saluda, se despide con gran deferencia, ¿será real o fingido su no solicitado servilismo? Ni manera de saberlo. La calle es una selva de cemento, la ciudad nos vuelve salvajes.

El taxista se ríe en cada semáforo, los chistes están a flor de piel y escuchar la radio local tan plena de humor barato y popular lo hace menos complicado aun.

Empieza la vida real y la virtual al mismo tiempo. Desconectas la alarma, te sientas frente al computador y empiezas a digitar: informes, correos, frases de 140 caracteres, saludos, despedidas, ideas, proyectos, clases, el día se convierte en una espiral de letras y palabras que de una forma u otra nos hacen quienes somos.

El día pasa en una mezcla de afanes y lentitudes, te encuentras egos y te tropiezas grandezas, se estrellan ideales y se joden necios sin criterio, no es la idea, todo debe fluir, la vida no es complicada los complicados somos los seres humanos.

Se acaba el día, caminar por las calles nocturnas de una ciudad cualquiera, de un país cualquiera, con unos grillos cualquiera a nuestro lado suele ser una experiencia simple, cercana y sin ningún color ni sabor, es unir pasos hasta llegar de vuelta y vuelta, aterrizas, alunizas en tu luna, en tu satélite personal y ahí termina todo.

Hacemos tantas cosas iguales cada día, tantas rutinas repetidas que al final un dia cualquiera se parece a otro día cualquiera, sin importar forma ni fondo sin importar nada de nada. Afortunadamente cambiar cualquier mínimo detalle de esta narración diaria es contar una nueva historia y es lo que trato de hacer cada día.

Es simple, es mínimo, es lo que ocurre un día cualquiera, en una mente cualquiera, de una persona cualquiera…

morrocoyo

La 21

El único lugar del mundo en el que me puedo sentar en la puerta de la casa en un mecedor de mimbre a ver pasar gente sin que sienta que estoy perdiendo el tiempo es en la 21, mi calle en Santa Marta, La Samaria, la Perla del Caribe, tierra de encantos y placeres, de ruido y de caos, de luz y color, de calor y lluvia, de tiempos lentos y afanes cotidianos.

Pasan vecinos que saludan con una mano levantada, pasa Pocalucha con tremendo guayabo  o Borinque con su caminar cansino, como pidiendo permiso a cada pie para dar el siguiente paso, pasa un vendedor de pasteles y chichas, otro de frutas y verduras, pasa pata e’ cumbia gritando coco de agua coco de agua y La Wilson mueve sus cadera con caminar coqueto y pose femenina, como si el movimiento de caderas lo volviera más mujer, como olvidando que el de arriba lo mando como hombre aunque en el camino se cambiara de carril. Me parece raro no escuchar a “fuera de mi, fuera de mi” pero seguro estará descansando de su última degustación de cañazo.

Cuento siete carros mal parqueados, un carro e’ mula lleno de carga, tres puestos de ventas de minutos a celular, una peluquería, dos puestos de jugos, un puesto de perros calientes, tres tiendas, una en cada esquina, dos de ellas denominadas “la última lagrima” pues su cercanía con el Cementerio San Miguel  las ha convertido en el espacio donde los dolientes recuerdan, al son de una cerveza bien fría, lo tan buenas personas que eran  los que acaban de enterrar.

Pasa una morena de culo grande, dos negritas vendedoras de alegría con cuerpos marcados, una señora a la que no le pasan los años sólo la luz y una amiga de años atrás que desde que se casó mando su belleza pal’ carajo. La mezcla de exóticos colores permite en una simple sentada darle un baile matutino al ojo, un baile justo y necesario… un baile sin acción ni reacción.

La 21 ya no es la misma calle en la que yo me crie, no sé exactamente cuál de todos los cambios no me permite sentirla ya del todo como “mi calle”, no sé si es todo el comercio que se ha generado a su alrededor, no sé si es la falta de niños jugando al fusilao, la lleva o un simple partido de futbol, no sé si es que ya somos pocos los vecinos originales, de toda la vida, que quedamos en la cuadra, no sé si no hay una razón específica y es simplemente una cuestión de desarraigo, de distancia temporal, mental y geográfica.

El tiempo en la 21 pasa lento, como en slow motion, como si no quisiera avanzar, como si se suspendiera su avance, como si se congelara, como si no se quisiera seguir contando la historia.

Sigo meciéndome, llega un amigo, saluda y se sienta en el bordillo a mi lado, empieza a echar sus cuentos y me dice “compadre sea lo que sea la 21 es la 21 y acá no se gana pero se goza” mientras suelta una enorme carcajada que no entiendo bien a qué se debe pero que se me pega como se pega la camisa al cuerpo por el calor excesivo.

Da igual, con su caos y sus ruidos, sus defectos y virtudes, su amanecer y sus colores, su lluvia y su calor, con todo… como me gusta la 21, como me gusta Santa Marta, como me gusta mi Perla…

Avianca y su mala atención al cliente en Medellín

Y eso que su slogan es “aquí están pasando cosas”

La idea tampoco es volverse el que más se queja y el que reclama por todo ni nada por el estilo pero no se puede permitir que las grandes compañías hagan lo que quieran con sus clientes.

Después de una semana en Medellín por cuestiones laborales, ayer domingo 11 de octubre tenía mis dos vuelos de vuelta, Medellín- Bogotá y Bogotá-Barranquilla,  los dos operados por Avianca y contactados por ellos mismos, la conexión era bastante justa (40 min. entre vuelo y vuelo) pero la operadora me había dicho que no habría ningún problema.

Estando a la espera del primer vuelo dicen por los altavoces que el vuelo Medellín- Bogotá se había retrasado por fallos en el tráfico aéreo y tardanza en la orden de salida de la torre de control en Bogotá. Me acerco a donde la azafata y le comento que yo tengo una conexión en Bogotá hacía Barranquilla, que qué pasa con ese vuelo. La respuesta de la azafata fue que me reacomodarían en otro vuelo ya el día lunes pues el domingo no había más vuelos.

- ¿Me reacomodan? ¿y el hotel? ¿los transportes? ¿las comidas?

- No señor, al ser un fallo externo a la aerolínea no le cubrimos ninguno de esos items.

¿Un fallo externo a la aerolínea? y yo que carajos se de quien es el fallo, el hecho es que yo estuve en el aeropuerto a mi hora puntual, con los kilos exactos en mi maleta así que si el fallo es por rayos y centellas, un trueno en la mitad de la noche, que el piloto tenía dolor de cabeza o que el avión no podía salir de Bogotá no es mi problema.

Solicito hablar con el supervisor/a, me envían al counter, me atiende Beatriz Otalvaro, líder de servicios Avianca Medellín, nos comenta (porque eramos dos personas con el mismo problema) la misma información que nos dio la azafata, sin darnos ningún tipo de opción, simplemente nos preguntaba si queríamos irnos a Bogotá  o esperar en Medellín para salir en el primer vuelo del día siguiente.

- ¿Y quien paga mi hotel? ¿mis comidas? ¿mi transporte? todos los gastos extra que no debo asumir yo pues no ha sido un fallo mío. Le pregunto de nuevo esperando alguna respuesta distinta

- Señor al no ser un fallo de la aerolínea no nos corresponde asumir esos costes. Me responde sin inmutarse, ni pestañear.

Vuelve la burra al trigo.  Y entonces ¿de quien carajos es la culpa? mía seguro que no.

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Documentaleando: La calle 10, Sanarte y Grupo Cultural Son Candela

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¿Es una mascara  de toro con gigantes cuernos la que reposa en mi regazo?

Son las 945 pm, es domingo víspera de festivo, el bus intermunicipal va carreteando a gran velocidad, “hey chofer, cógela suave o quieres que nos matemos” gritó una voz cercana minutos antes;  a lado y lado la carretera es oscura, todos a mi alrededor duermen exhaustos después de una jornada variada, algunos de tanto baile, otros por el trago, (nos)otros, los menos,  por el peso de cámara, trípodes, micrófonos y todo el equipo de grabación, por la larga jornada, por las largas horas de rodaje.

Yo soy uno de ellos, al lado de la enorme máscara está el trípode, en él me apoyo para intentar descansar, aunque el cansancio extremo no me permite ni siquiera dormir, sólo me deja repasar a toda velocidad las imágenes vistas los últimos dos días.

En Puerto Colombia, al lado de Barranquilla está  la calle 10, un barrio  que en alguna época fue conocida por ser refugio de drogadictos, vendedores de droga y mil estigmas más, pero en donde hoy en día la Fundación Sanarte, un grupo de soñadores, de artistas, han dejado entrar el virus de la locura creativa y de la fantasía a través del grupo cultural Son Candela.

Artenauta es uno de los programas del Canal Uni5 TV, canal de TV de la Universidad del Norte que dirijo desde Enero de este año, en el cual pretendemos reflejar el acontecer cultural de la ciudad a través de las miradas de los más variados artistas. Hace unos meses fuimos a la calle 10 y exploramos un poco en su mirada.

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=Ozb-jIiqhvw&hl=en&fs=1&]

Después de esa primera visita seguimos en contacto con Dalfred y Cristina, las dos cabezas líderes de todo el movimiento artístico de la Calle 10 y después de un tiempo junto con Manuel (Realizador del canal) decidimos hacer un documental más investigado, mirando las razones, los cambios, las nuevas miradas, los métodos, todo lo que han ido haciendo y logrando con su emprendimiento social en la comunidad.  Obviamente un documental necesita gente que apoye a nivel técnico y conceptual por eso nos apoyamos en Lincoln (uno de los realizadores del primer acercamiento) y Andrés (otro de los nuevos realizadores que está trabajando en el canal) para toda la parte técnica.

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Este fin de semana estuvimos siguiéndolos nuevamente con la cámara, con el ojo que todo lo ve. El sábado hablamos nuevamente con ellos, nos contaron de donde surgió todo, porque hay ganas de hacer este tipo de acciones, en fin nos mostraron a través de palabras y de hechos todo lo que se ha conseguido hasta hoy en día sin casi ningún apoyo oficial; como para variar,  este tipo de labores sociales deben ser hechas casi siempre con las uñas, con el interés, con la plata, con las ganas de sus gestores, lo cual no hace sino darle mayor valor del que ya tienen.

Desde  las 10 de la mañana hasta casi las 6 de la tarde estuvimos compartiendo con ellos y con los  más de 30 niños que hacen parte de Son Candela y pudimos ver como a través del arte Dalfred y Cristina se encargan de inculcar en los niños y en la misma comunidad marginada una serie de nuevos valores, de nuevos intereses, de nuevas opciones para la vida.

El domingo llegamos nuevamente muy temprano a la entrada de la casa que hace de sede del grupo; la cita era a las 8 am pues a esa hora nos recogería el bus que nos llevaría al cercano pueblo de Arroyo de Piedra (pueblo natal de Dalfred) en donde el grupo de danza de los niños y el grupo de teatro de los adultos se presentaría en el festival de la piedra.

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Afortunadamente el documental, como la vida, no tiene libreto, nada está escrito y todo puede pasar. todos los problemas que tienen siempre para conseguir los recursos se reflejaron esa mañana pues el bus que le había prometido la alcaldía para desplazarse al festival y mostrar su arte nunca llegó. Después vinieron las excusas, que si el bus no tenía permiso, que si el conductor nunca llegó, en fin, todas las excusas que se pueden inventar cuando no se quiere cumplir con lo pactado.

Nuestra cámara estaba quieta, gran parte de la mañana se la pasó mirando muy disimulada los alrededores del barrio, pero acción lo que se dice acción no llegó. En algún momento pudimos hablar con Cristina o a Dalfred quienes molestos nos contaron lo que sucedía y porque todavía no salíamos hacia el pueblo, aun así nunca dieron su brazo a torcer, siempre estuvieron optimistas y sabían que de una u otra forma llegaría al pueblo. “Así sea con plata mía vamos” como dijo Dalfred después de un rato.

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Desde la silla en la que esperábamos el inicio del rodaje pudimos ver como Dalfred y Cris se movieron por todo el pueblo buscando solución para el viaje porque sabían que no podía fallarle a toda la comunidad que ya tenía el paseo armado, las ollas con arroz con pollo, las gaseosas, la botellita de whisky de los papás es que  la pinta dominguera de todos no podía quedar en el aire, no podían dejarlos como a las novias de Barranca.

Al final buscando acá y allá consiguieron que la alcaldesa de Puerto les diera 200 mil pesos y los papás se comprometieron a dar los otros 200 mil que faltaban para completar el cupo del bus. Que vainas, todo lo del pobre es robado, pensé. y no pude evitar preguntarme que hubiera pasado si los papás no hubieran podido dar la plata.

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Casi a la 1.30 de la tarde, al fin, subimos al bus, al caliente bus, que nos llevaría a Arroyo de Piedra. El ánimo de la comunidad entera era alegre, los niños contagiaban con su bulla y risas a cualquiera, nada más subirnos y mientras nosotros, Manuel en una punta y yo en la otra, seguíamos grabando ellos cantaban:

- Yo tengo un piojo, que me pica por aquí, que me pica por acá y como no me gusta se lo paso a Stive.

- Yo tengo un piojo, que me pica por aquí, que me pica por acá y como no me gusta se lo paso a Mariana.

Y así hasta que se cansaban de animal y cambiaban el coro. Menos mal a mi nunca me lo pasaron.

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Llegamos al pueblo, calles destapadas, burros y perros por todos lados, un calor infernal que casi no dejaba respirar y a la vez un tiempo de lluvia que amenazaba con dañar el poco tiempo de grabación que nos quedaba.

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Aprovechamos mientras las mamás organizaban a los niños, les ponían los trajes del baile y los maquillaban dejamos a Lincoln grabándolos con la segunda cámara y nos fuimos Manuel, Andrés y yo  con Dalfred y un grupo de padres a conocer la cueva de la Mojana, un espacio donde se desarrolla una de esas leyendas y tradiciones tan comunes en la costa caribe.

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La idea era conocer el espacio, aprovechar y grabar alguna nota para  Uni5 TV y hacer otra entrevista a Dalfred sobre una acción social con ancianos que adelantó en el pueblo. Pero el clima se encargó de seguir escribiendo el libreto y nos obsequió una lluvia que nos sirvió para retratar al personaje con un magnifico fondo lluvioso, mientras Andrés, Manuel y yo veíamos las duras y las maduras para poder salvaguardar el boom, el trípode y sobre todo la cámara de la lluvia.

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Volvimos  a la casa, ahí nos alimentaron con un delicioso plato de arroz con coco, pescado, un plato de la popular ensalada de payaso y un enorme vaso de agua e’ panela, que sirvieron para amortiguar el estómago que hasta esos momentos sólo susbistía con unos cuantos mangos y un sancocho de tienda que habíamos improvisado mientras había tiempo para comer algo.

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ya casi a las 530 de la tarde, al fin salimos hacia la plaza del pueblo donde se llevaba a cabo el acto central de las fiestas de la piedra y donde estaba el escenario donde se presentarían los dos grupos que acompañábamos.

Llegar a la plaza fue encontrarse con todos los tópicos que rodean una fiesta popular de un pueblo perdido de la costa caribe, muchos puestos de comida, gente borracha, música a todo volumen, muchas risas, una tarima adornada con enormes picós que le daban más ecos al sonido, todo el pueblo volcado en el evento, las pintas domingueras y escotadas de las mujeres, los sombreros vueltiaos de los hombres, muchos niños “fregando la paciencia” y  mil comportamientos más que de no ser por la poca luz que nos quedaba hubieramos retratado con tanto gusto.

Después de una espera, ciertamente eterna pues el cansancio ya empezaba a hacer mella en todo el equipo de realización que estábamos despiertos desde muy temprano, empezó la parte del evento que nos interesaba, bailaron los niños, un espéctaculo muy simpático en el que todos demostraron sus grandes dotes para el baile, hubo alguna niña que le dio miedo escénico pero en general todo estuvieron a la altura de las grande técnicas que sus profesores les han ido enseñando.

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Después pasaron los adultos, una obra de teatro acompañada de música en la que Dalfred, Cris y los otros integrantes del grupo dieron todo de si para lograr que en medio del bullicio, el desorden e incluso el poco interés del público por una obra de teatro en medio del bailoteo común en estas fiestas todos dieran un tremendo aplauso, un aplauso sentido por la gran demostración de arte escénico que dieron al son de tambores y música típica todo el grupo.

Eran las 8.30 pm cuando al final acabó todo,  apagué mi cámara cuya memoria quedó en el límite, más de 8 gigas de información visualsonora, Andrés apagó la cámara con la que grabó casi toda la obra, Manuel y Lincoln recogieron los últimos cables que quedaban dando vueltas y rematamos la noche con una cerveza y un chuzodenoseque mientras corríamos a coger puesto en el bus en el que todavía nos quedaba una hora de viaje además de tener que llevar los equipos a mi oficina y demás cuestiones.

…¿Es una mascara gigante de toro con gigantes cuernos la que reposa en mi regazo?

Son las 945 pm, es domingo víspera de festivo, el bus intermunicipal va carreteando a gran velocidad…

La realidad siempre supera a la ficción y retratar la realidad me gusta, me atrapa, me embruja…

Ahora toca capturar toda la información que tenemos, editar, postproducir, hacer guiones, script, armar todo el cuento, pero la historia me gusta, la historia me vende, se que será un gran documental.

Ya les iré mostrando…

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Habitantes de Babel – Capítulo dos – Francesca Errico

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Francesca tiene ojos grandes, sonrisa contagiosa y una energía limpia y atrayente. Lleva 2 años y medio en Barcelona y siente que vivirá ahí por siempre. Aun así es contundente “No me siento inmigrante, aunque lo soy no me siento así y no quiero sentirme así; el mundo es de todos y también mío.”

Tiene claro quien es y de donde viene pero también tiene claro donde está y en que camino anda.

Ser inmigrante siempre será un proceso largo, con aristas varias, con idas y con venidas; pero nadie obliga a nadie a buscar nuevos rumbos por eso en el proceso se debe sentir, vivir y sobre todo aprender.

Segundo capitulo de la serie Habitantes de Babel, microrelatos de inmigración. En ella no se pretende contar ni triunfos magnificados ni perdidas exageradas sino simples historias de vida, fragmentos de existencia que nos permitan descubrir y describir procesos y conocer el qué, cómo, cuando y donde de toda esa vivencia migratoria.

El primer capítulo, que salió al aire hace ya unos meses, fue el de la colombiana Giselle Chaparro, si no lo has visto puedes verlo en este link.

Gracias a Francesca por contar su historia,  a Silvia, Ayda, Orlando y Gladys que siempre son mi apoyo, a Yelin por el detrás de cámara y sus ideas y a todos los inmigrantes con historias por contar… por las que vienen.